La Fé Cristiana, ¿Es una religión?

La Fé Cristiana, ¿Es una religión?

Observando a las personas que, a diario, me consultan, me doy cuenta que muchos bautizados ni siquiera tienen idea de lo que es el cristianismo.

Gian Claudio Beccarelli Ferrari

Observando a las personas que, a diario, me consultan, me doy cuenta que muchos bautizados ni siquiera tienen idea de lo que es el cristianismo. Entonces resulta conveniente que nos preguntemos si la fe cristiana es una religión como las demás o ¿qué es? La respuesta depende de qué experiencia real tengamos de nuestra fe.

A lo largo de la historia ha surgido una cantidad excesiva de religiones y el ser humano no ha terminado todavía de inventar otras, mediante las cuales busca cómo enajenarse, eso es: justificar su propia conducta. Un hecho es cierto, que el hombre es religioso naturalmente, porque le es más fácil reconocer que existe un Ser Superior, fuente de todo lo que percibe a su alrededor, que ser ateo. Pero su problema empieza cuando intenta establecer una relación personal con ese Autor de la creación del que no sabe nada, porque a veces se ve consentido, y otras veces se ve maldecido.

En efecto, cuando resplandece el sol y la temperatura ambiental no supera los 30° centígrados, los miembros de su familia gozan de buena salud y tiene suficiente dinero en el bolsillo, se siente amado por Dios. Pero si, de repente, llega un huracán, se le inunda la casa, se le ahoga un bebé y el granizo destruye su cosecha, no entiende por qué Dios se ha enojado tanto sin motivo, ya que su conciencia no le reprocha haber hecho nada malo.

De todos modos, por saber que, entre los dos, Dios es el más fuerte imagina que le corresponde granjearse de nuevo su favor ofreciéndole algo que supone de su agrado. Así es cómo se hace inventor de una nueva religión ‘natural’, fundamentada en el miedo, del que surge espontáneamente el trato del ‘te doy, para que me des’. Sin embargo, aun ofreciendo algo muy valioso, nunca alcanza la seguridad de haber logrado su objetivo. Dicha incertidumbre, aunada a la dolorosa experiencia de ver morir a sus seres queridos, termina por hacerle pensar que Dios es un horroroso monstruo, injusto, arbitrario, implacable, del que nadie puede fiarse. Tal conclusión es deletérea y muestra la inutilidad de todo esfuerzo humano para atraer la benevolencia divina.

La fe cristiana es una experiencia totalmente distinta, o mejor dicho: es la experiencia opuesta. No parte de la ilusión de que alguien conozca a Dios, sino del acontecimiento histórico de la Revelación, por la que Dios ha tomado la iniciativa de darse a conocer gratuitamente al hombre, manifestándosele por Jesús de Nazaret, el testigo veraz y fiel de que Dios es un verdadero Padre, que es puro amor. La fe cristiana no requiere de ninguna ofrenda de parte de los hombres, porque es Dios mismo el que ha puesto sobre el altar de la cruz el ‘sacrificio’ –‘obra sagrada’– único y válido para siempre, mediante el cual se ha donado a sí mismo a través de Jesucristo su Hijo. El hombre no tiene que hacer nada más que asombrarse del amor gratuito de Dios y dar gracias, colmado de alegría. Esta Buena Nueva basta, por sí sola, para suscitar en nosotros una vida diferente, que patentice la plena confianza con la que un hijo amado le corresponde a su Padre. Por tanto la fe cristiana no se ilustra mediante el paradigma de las religiones, sino que se vive y se disfruta como un estupendo don inmerecido.

De la experiencia del amor incondicional, misericordioso, tierno y eterno de Dios brota en nosotros la fe como una acción de gracias ilimitada, que se traduce en la libre obediencia a la voluntad del Padre, quien siempre nos procura lo mejor, porque nos ama a nosotros, sus hijos, como se ama a sí mismo.

Si de algo, pues, debemos cuidarnos los cristianos es de las formas de religiosidad, que, bajo las apariencias de un perfeccionismo legalista, nos inducen a querer entrar en el Reino de Dios cargados de méritos personales, y no por la única puerta, que es Jesucristo, sino por otros caminos que se abren al vacío. Ni siquiera la solemnidad del culto es garantía de nuestra fidelidad a Dios, porque la “verdadera religión consiste en visitar a huérfanos y viudas en su tribulación y en conservarnos incontaminados del mundo” (St 1,27). Todo lo que concierne a la fe cristiana es gracia: el ser humano es hijo de Dios en cuanto, con sencillez y alegría, sabe recibir gratuitamente de su Padre, con júbilo, la vida.